
Halagos, cumplidos, elogios, son algunas de las denominaciones que tiene el decirle algo positivo sobre una cualidad a alguien. El sentido común puede decirnos que esto es algo bueno, pero aceptar los halagos puede tener ciertas complicaciones.
Hay quienes aceptan los halagos sin pensarlo, los cree y hasta demandan, mientras que otras personas se sienten terriblemente incómodas y no merecedoras de los mismos.
Cuando comencé a escribir el artículo quise dar una definición de “halago” más completa que la que formulé y decidí ver que me decía Google. Para mi sorpresa aparecieron en primer lugar las siguientes definiciones:
- “Alabanza generalmente exagerada e interesada que se hace a una persona para satisfacer su orgullo o su vanidad.
- Hecho o dicho con que se satisface el orgullo o la vanidad de una persona.”[i]
Como se puede observar en estas dos definiciones se da connotación negativa a los halagos, por un lado se habla de interés y exageración, lo que indicaría falta de sinceridad y por el otro de vanidad, o sea que el objetivo de los halagos sería contribuir a una imagen de grandiosidad inmerecida, además ¡qué feo ser vanidoso!
Viendo esto ¿Quién querría recibir, aceptar o hacer halagos? Hablando puntualmente del tema de aceptar halagos es muy frecuente escuchar que se lo asocie con “falta de humildad”; la modestia es algo muy valorado y por otro lado a veces se la juzga como “falsa” y el problema no es “no aceptar los halagos por falsa modestia”, el problema es que la falsa modestia alude a que la persona sí cree tener la cualidad por la que es halagado.
Ahora bien, ¿Les ha pasado de no creer algún cumplido que les dijeron?
Si bien es cierto que existen estándares, hay muchas cosas no medibles y que dependen de la percepción del otro, ¿Qué quiero decir con esto? Que por ejemplo si alguien considera atractiva físicamente a una persona está hablando desde un ideal de belleza que puede no coincidir con la del receptor y aun así no deja de ser verdad porque para esa persona es así. O con respecto a la inteligencia, hay tests para evaluar la inteligencia pero también puede ser que una persona le parezca inteligente a otra por su manera de pensar, expresarse y por tener de referencia a otras personas que le sirven para comparar. Entonces ¿Por qué nos cuesta aceptar halagos? No sé si alguna vez ante la negativa a aceptar el halago alguien les pregunto si alguna persona les dijo lo contrario, por ejemplo ¿alguna vez te dijeron que no sos inteligente? Es curioso porque incluso aunque 20 personas nos dijeran que somos inteligentes, si nosotros creemos que no, esa creencia pesa más. Entonces la validación externa resulta casi frustrante porque creemos que hará la diferencia y realmente no.
La dificultad para aceptar halagos puede deberse a varias cuestiones, por ejemplo y como vimos recién, socialmente se valora más la humildad que la arrogancia, ahora bien, aceptar halagos no debería hacer tambalear la humildad, no son cosas incompatibles.
Sin dudas también intervienen creencias sobre nosotros mismos, acerca de los halagos y de los halagos de otros hacia nosotros (como podrían ser que son mentiras o que tienen “la vara baja”), nuestros propios estándares que pueden ser muy elevados, la presencia de rasgos perfeccionistas, la dificultad para internalizar los logros o ser muy autocríticos.
Por ejemplo si tenemos un autoconcepto negativo (pensamiento negativo sobre nosotros mismos) porque de pequeños recibimos críticas o los halagos brillaron por su ausencia y cuando crecimos no trabajamos en ello, es probable que los halagos, al menos en algunas áreas, nos resulten extraños y poco creíbles.
Me parece interesante mencionar como ejemplo al Síndrome del impostor. Éste se ha definido como la incapacidad para internalizar logros y un sentimiento intenso de falta de autenticidad que experimentan personas con un historial de éxitos comprobables. Estas personas desconfían de sus habilidades y sienten un gran temor por ser descubiertas como fraudulentas por otros.
Este concepto fue descripto por primera vez en 1978 por las psicólogas estadounidenses Pauline R. Clance y Suzzane A. Imes, quienes entrevistaron a 150 mujeres altamente exitosas (reconocidas por su excelencia académica, que tenían doctorados y reconocimiento profesional en sus campos laborales) que no experimentaban un sentimiento de éxito interno y de hecho se consideraban “impostoras”, es decir, tenían una fuerte creencia de que no eran inteligentes y estaban convencidas de que quienes lo creyeran estaban siendo “engañados”. Estas mujeres encontraban diferentes medios para negar la evidencia externa que contradiga su creencia, por ejemplo si se sacaban buenas notas podían adjudicárselo a la suerte o a que el criterio de corrección era bajo. Además tenían temor de ser descubiertas como impostoras intelectuales.
Básicamente hallaron como relevantes dinámicas familiares tempranas y la internalización de roles sexuales-sociales. Con respecto al primer punto encontraron dos tipos de dinámicas: por un lado que un miembro de la familia había sido designado como el “inteligente” mientras a ellas se las designó como las “sensibles”, por lo cual independientemente de los logros intelectuales que consiguieran nunca estaban a la altura del “inteligente” ante los ojos de la familia y por el otro, que la familia las consideraran superior al resto en todos los aspectos posibles, que podían lograrlo todo y con gran facilidad. En este caso se sentían obligadas a cumplir con las expectativas de la familia así sea en cosas que personalmente no les interesaban. Las alabanzas indiscriminadas por todo hacían que comenzaran a desconfiar de las percepciones de la familia y a dudar de sí mismas. También podían sentirse “tontas” al tener que esforzarse por algunas cosas debido a la creencia de la “facilidad” que tenían los padres.
Con respecto al segundo punto, tomaron en cuenta los aportes de Deaux (1976) con respecto a la atribución diferencial del éxito en hombres y mujeres. Este autor halló que las mujeres tienen menos expectativas que los hombres de su capacidad para llevar a cabo una tarea con éxito, además las mujeres tenderían a atribuir su éxito a causas temporales como la suerte y el esfuerzo mientras que los hombres lo atribuirían a causas internas como el contar con una habilidad. Con respecto al fracaso ocurriría lo inverso, las mujeres lo atribuirían a una falta de habilidad y los hombres a la suerte o a la dificultad de la tarea. La internalización de este rol sexual-social tendría influencia en el desarrollo y mantenimiento del Síndrome del impostor.
Una aclaración importante: si bien el síndrome del impostor es un fenómeno que aparece con frecuencia, no exclusivamente en mujeres y en diferentes grados, NO está catalogado como un trastorno mental.
A todo esto podríamos preguntarnos qué importancia podría tener aceptar halagos.
La validación y el reconocimiento de aquello positivo en nosotros o éxitos personales y profesionales generan satisfacción, contribuye al fortalecimiento del autoconcepto y nos motiva a seguir por ese camino.
Paul Gilbert (2015) señala que la capacidad de sentirnos seguros en el mundo social generalmente proviene de la manera en que los demás piensan y sienten respecto de nosotros, por lo que la aprobación, el respeto y la aceptación de nuestros pares resultan relevantes.
En esa misma línea podemos pensar la utilidad de los halagos en las relaciones sociales, imaginen una amistad o una relación de pareja donde no se valoren aptitudes, incluso si no se expresan verbalmente es esperable que éstas existan, de todos modos manifestar explícitamente nuestra opinión positiva respecto a otra persona o a lo que hizo y validarlo, puede contribuir al fortalecimiento de esos vínculos.
En síntesis, podría pensarse que una manera más saludable de aceptar los halagos sería en primer lugar aceptar que el otro tiene una visión propia sobre nosotros y lo que considera lindo, inteligente, etc., esta concepción no es objetiva y tampoco pretende serlo, simplemente nos está regalando una pequeña muestra de su forma de ver el mundo ¡y qué bueno! en esa visión del mundo única y particular tenemos características valorables.
Con respecto a la connotación negativa de los halagos, esa que refiere al peligro de que se nos “infle el ego” creo que con lo antedicho también se resuelve, si tenemos presente que las opiniones de los otros con respecto a nosotros son simplemente eso, opiniones de los otros, podemos recibirlas de una manera desapegada, esto es agradecerlas y reconocerlas como palabras probablemente sinceras de quien nos la dice pero que no nos define, no forma lo que somos en sí. Esto también es aplicable para las críticas no constructivas, si es opinión del otro no revela algo necesariamente cierto sobre mí.
Entonces, tener un autoconcepto positivo es importante para reconocer nuestras virtudes y disfrutar nuestros logros, recurrir a terapia en el caso de necesitar trabajar en ello no es una mala opción y la mirada desapegada sobre las críticas y halagos puede servir a disminuir la incomodidad al recibirlos.
Bibliografía de consulta:
- Clance, P. R., & Imes, S. A. (1978). The imposter phenomenon in high achieving women: Dynamics and therapeutic intervention. Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 15(3), 241.
- Gilbert, P. (2015). Terapia centrada en la Compasión.
- Jiménez, E. F., & Moreno, J. B. (2000). El pesimismo defensivo y el síndrome del impostor: análisis de sus componentes afectivos y cognitivos. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica, 5(2), 115-130.
[i] Definiciones del diccionario de Google.