
El artículo de hoy es más de opinión que de difusión. La cuarentena me puso reflexiva y cuando me pongo reflexiva me gusta escribir y si escribo ¿por qué no compartirlo?
Hoy voy a hablar de un tema que intencionalmente o no tiende a evitarse, no porque sea algo malo sino porque en general no nos gusta pensar en eso, voy a hablar de la finitud.
Posiblemente lo primero que se les venga a la cabeza sea la muerte y si, voy a hablar de eso más adelante pero la finitud también se presenta de otras formas, de hecho a diario y no implica necesariamente que sea algo tan obvio. Por ejemplo en las relaciones tanto de pareja, como de amistad e incluso laborales y familiares.
La vida, pese al idílico concepto de eternidad y la popularísima idea de que todo lo “verdadero” dura para siempre, nos muestra que no es así.
A Hollywood y las novelas locales les encanta darnos finales felices donde después de muchas adversidades los protagonistas terminan juntos, dichosos y con los problemas resueltos y es entendible que así sea, la audiencia enfurecería si los personajes terminaran con el corazón roto, uno saliendo con otras personas, el otro llorando por meses y no retomando la relación nunca.
La película Casablanca dirigida por Michael Curtiz (1942) merece ser mencionada porque es tan magnífica como humana, es una película “sin final feliz”, un gran ejemplo de la finitud derribando el aún existente mandato de “los grandes amores son para siempre”, en este caso fue un gran amor pero no el único y no, el amor de los protagonistas no bastó, había cosas más importantes que priorizar y no fue un “hasta luego”, fue un adiós. No se trató de una cuestión de “cantidad” o “fortaleza” del amor, es que la vida es más compleja.
Lamento el spoiler pero con una película de casi 80 años me lo permitiré, básicamente Rick (Humphrey Bogart) e Ilsa (Ingrid Bergman) deciden hacer lo correcto y esto es que ella huya con su esposo Victor (Paul Henreid) de Casablanca para que la Gestapo no los atrapara y él pueda continuar su lucha contra los nazis dado que era uno de los líderes de la resistencia y de este modo los protagonistas resignaron vivir su amor.
Tomé Casablanca porque además de romper con esto de que el amor, incluso siendo mutuo no siempre es correspondido, fue original para la época y sigue generando impacto aún hoy, tenemos un clarísimo ejemplo de cómo la sociedad prefiere a los finales felices ¿a qué me refiero? al capítulo de Los Simpson “Natural Born Kissers” donde Bart y Lisa encuentran el final alternativo donde Ilsa vuelve, se resuelve el problema porque Hitler muere y se casa con Rick, a ellos obviamente les encanta el final y el anciano del asilo que participó en la producción dijo algo así como que cortaron el final feliz porque en aquel momento los ejecutivos eran unos imbéciles con corbata. Se ve claramente la preferencia por esos finales y la negación a aceptar que un final infeliz es viable e incluso más representativo de la realidad; de hecho la mayoría tuvimos más de una pareja, por lo tanto pasamos por varias rupturas.
Pueden pensar “pero Ángeles, el amor para toda la vida existe, mis abuelos bla bla bla bla” no me voy a meter con las dinámicas de las relaciones de cada época ni siquiera discutir si es posible que dos personas se amen durante tanto tiempo porque me consta que sí pero también que no, cada relación es única, pero no se vayan lejos, piensen en ustedes, realmente no les consta cuanto duraran sus relaciones sencillamente porque eso no es posible, por eso tendría sentido sacarse la presión de buscar la pareja perfecta y disfrutarla mientras dure.
De hecho, ¿a cuántos les hemos prometido y cuantos nos han prometido amor eterno? ¿Cuantas veces dijimos que alguien era el amor de nuestra vida?, yo también lo hice y tal vez vuelva a hacerlo y no creo que sea hipócrita, al menos en parte, es cierto que posiblemente no lo sea pero por el otro lado refleja el sentimiento puro de ese momento, cuando estamos enamorados queremos estar con esa persona y habitar ese sentimiento de felicidad eternamente.
Con las amistades lo mismo, las amistades de muchos años son muy valoradas socialmente pero a veces no es posible mantener los mismos intereses, ideas y otras cosas que antes nos resultaban afines ¿no les pasa que con alguna amistad de la adolescencia o la infancia que por más que siga habiendo cariño no es lo mismo? ¿No se pusieron a pensar en cómo muchas veces mantenemos vínculos que nos generan un malestar considerable porque la idea de que terminara les parecía algo que no estaban dispuestos a negociar? Las personas cambiamos con el tiempo y es lógico que empecemos a compartir menos cosas con personas que antes sí y nos pesa aceptarlo.
Entonces, las amistades de la infancia, la persona “correcta”, el trabajo perfecto… ¿Son para siempre? Posiblemente no, pero nos presionamos para no equivocarnos en nuestras elecciones y si algo no anda, tiene que andar. Por eso cuando algo se termina parece una tragedia, algo inesperado aunque muchas veces anunciado, los finales tienden a verse como fracasos.
Por otro lado, como anticipé, tenemos la muerte. A diferencia del resto de los animales, nosotros sabemos de la muerte, que es inevitable, que nosotros, las personas que queremos, conocemos y no conocemos, todos vamos a morir; sin embargo evitamos pensar en ello, muchas veces hasta nos negamos a siquiera imaginarlo y nos sorprendemos cuando sucede.
Es curioso cómo nos cuesta tolerar la incertidumbre pero rechazamos la certeza de la finitud, a veces hasta cuando mencionamos la palabra “muerte” hay quienes evitan el tema diciendo que lo que importa es que ahora estamos vivos y a la vez es frecuente pasar más tiempo enredados en pensamientos que realmente viviendo en el presente y si, los humanos somos seres contradictorios.
Ahora bien, no me refiero a imaginar el momento del deceso, no tiene sentido porque cuando una persona muere ya no puede pensar, no puede hacer, no puede sentir; mi reflexión apunta a que sabemos que nuestro tiempo es limitado y que sólo hay un momento en el que podemos actuar y es en el presente. Entonces la finitud sería no detenernos a pensar en la muerte como hecho en sí, sino en aquellas cosas que nos estamos perdiendo aun sabiendo que tenemos un tiempo limitado, y remarco mucho esto porque tendemos a actuar como si nuestra vida fuera ilimitada o viendo el fin en un horizonte lejano entonces si no lo hago algo que es importante para mi hoy puedo hacerlo mañana, puedo hacerlo el mes que viene, puedo hacerlo el año que viene y así.
La pandemia actual me hizo pensar en esto, en cómo la vida puede cambiar de un día para otro, como cosas que pospusimos porque total podíamos hacerlas otro día ya no sabemos cuándo podremos hacerlas porque no sabemos cuándo vamos a volver a la normalidad, entonces valorar el presente y hacer cosas que realmente queremos hacer hoy, es importante. Con esto no me refiero a que cada uno de nuestros días tenga que ser memorable, podemos un día no hacer nada, incluso podemos un montón de días no hacer nada muy relevante pero si realmente algo es importante para nosotros ¿por qué dejarlo pasar? ¿por qué no ocuparnos de eso?
Y por otro lado también le vi la otra cara a los finales, se les suele dar una connotación negativa, ver con dolor, sin embargo hay finales que son recibidos con mucha alegría por ejemplo ahora que estamos en pandemia cuando todo esto termine, seguramente vamos a estar aliviados y contentos de poder hacer las cosas que queremos y extrañamos, de poder tener una vida lo más parecida posible a la que teníamos antes; entonces los finales no son ni buenos ni malos, son cosas que suceden cotidianamente, todo el tiempo estamos viviendo finales de cosas.
En conclusión, tal vez algunas partes de este artículo pudieron sonar frías y antipáticas, pero aceptar no deja de implicar una cuota de dolor, si perdemos de algún modo nos va a doler por un tiempo, pero si aceptamos la finitud de las cosas tal vez dolerá menos o diferente porque nos anticipamos y podremos afrontarlo de otra manera. Por otro lado la finitud nos da otro motivo para vivir y disfrutar del presente, nos abre la puerta a pensar nuestros propios prejuicios y creencias y cuestionarlas para vivir la vida de una manera más plena y actuar de acuerdo a nuestros valores. Además nos “quitamos” presión, no estoy hablando de actuar impulsivamente ni de manera desconsiderada con las otras personas, en absoluto, me refiero a que si tomamos en consideración por ejemplo la finitud de las relaciones románticas podríamos ahorrarnos el temor a equivocarnos y amar con más libertad y autenticidad desde el comienzo de la misma.
Bueno, ya daré por finalizado este artículo con el que pueden diferir perfectamente porque como les dije, es una reflexión personal y les voy a sugerir escuchar “Presente (en el momento en que estás)” de Vox Dei porque varias veces se me pasó por la cabeza mientras escribía y si, ¡que acertada!
Hola Ángeles, me gustó tu contenido y estuve chequeando lo que escribes.
Soy Sarith, estudiante de Psicología en Colombia, y soy líder de un centro estudiantil que tiene como objetivo realizar actividades proactivas sobre psicología. Me gustaría hacerte una invitación formal para un Webinar de Psicología. Podríamos conversar más acerca de ello si me dejas tu correo electrónico de contacto.
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Hola Sarith, ¡Gracias por la invitación! En breve me contactaré con vos mediante tu correo de suscripción. Saludos!
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Okey, de acuerdo. Quedo atenta.
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No me aparece tu mail, te paso el mio lic.angelesfernandez@gmail.com
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